EL WALKMAN DE POCCHIO
EL WALKMAN DE POCCHIO
Ha sido hace 36 años. El peor día de Pocchio, il bambino de Maracú: Que tengamos que ver más de Italia ’90, Argentina maquinando otra vez ir a penales, que Caro, su barbie de azucena, se esconda del mundo cual Mina, y como esta noche, ser italiano.
Pero Pocchio descansará bello, Alemania ganará, mañana no más ver fútbol aburrido, escapará al arcade, en su walkman seguirá en radio a los puros criollos después de cenar en la paila con la familia, viendo “il calcio piu bello” de América, y se consentirá con los clásicos, sus fieles en su letargo adolescente en cinta y frecuencia modulada, REM, The Cure, Miguel Bosé, Pablo Ruiz, Los Soneros, La Cali Charanga.
Pocchio no es de Adachi, no vio a Señorita Cometa y menos sabe qué es un wota en los '80. Pero ve las chicas del comercial de las minibotellas del Mundial como si fuera su Caro en minifalda haciendo la versión de la ingrata Paloma Blanca; y entre sus fieles, escucha a Marisela, la Pochita, su invitada de excepción, presentando una suite de Ariola, como hicieron antes Juan Gabriel o Angela Carrasco. Este viernes son 36 años también que la Pochita presentó su disco al mundo.
Pocchio y yo recordamos. Recordamos las memorias, Rivera, Bettega, los magiares, los goles de Nylasi y Torocsik para ir a Argentina ’78. O el cañonazo de Haan para postrar a Italia de ir a la final, Raffaella. Ornella, Claudia, las chicas de Fiume, il Grande Toro, il Gianni Rivera. Pocchio recuerda que el tifoso tiene paladar fino viendo calcio, desea a su pochita, y yo la conservo de melena bionda y ojos vino tinto en la fiesta privata, circular, interminable, cual nochevieja en Buenos Aires cubierta de papel, parecido a cómo Pocchio la imagina mientras la escucha. Así como también conservamos las tristezas, como Khalil Gibran, los pozos en que cavaremos y donde rebosará nuestra alegría. Penas en que nos restauramos y nos erguimos en lugar de hacernos perversos.
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