EL PALO FUTBOLERO

 EL PALO FUTBOLERO






Taxonomía, especie “Samanea saman”, el árbol de la lluvia, el cenicero. También un árbol es un artista. Para mí es el más estético, el más futbolero, como el Bobby o el Maradó. El samán junto al estadio de Santiago, testigo de la historia de la República, la libertad, la cultura. El samán se queda en su tierra, la protege, la considera con empatía, en vez de ir a la “Beach” a exponerla y avergonzarla delante de todo mundo vestida de mártir emblemático valeroso luchando por la verdad. El samán que escuchó el merengue desde recién nacido en los tiempos de los palos. La posesión que quieren los reales o los aguileños el día de partido, y que tienen los discípulos de los ingleses de cortos, descosiéndola los domingos. La tentación de los visitantes igual que el monumento. Quiero ir al Santiago a dar la vuelta de campeón y subirme al Samán. Quiere también el jamaicano, el trinidense, los vascos omeyas con el maillot del Alavés, los argentinos de los deportes delirantes por ese árbol plantado tras de la cancha. No esperan ser campeones en el samán los paisanos del valle, o los de la capital, o los del este, o los de la montaña. Me gustaría ir de naranja a alentar la bestia junto al árbol y festejar un éxito más. Pero yo me escapo a oscuras es con Los Dorados del Atlántico, el equipo de Robertino, los diamantes amarillos de Nuestra Señora, los de la iglesia, tener un amor amarillo, como en los tiempos de Papa Molina, o evocar “tocata” del '86 en náuticos bajo la bruma o en tierra caliente con Wilfrido. Y el día de la consagración, ganar como en aquel partido, o un pasillo junto al palo, o decorar todo como en los cumpleaños del sultán dorado. Me seduce este fútbol, este merengue, carioca, omaní, cresino, clásico. Me siento agradecido con el palo por tener otra vez pelota de costura como en familia.










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